Editorial: una sola salud: la conciencia de tripulación

Abril 24 de 2026

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

El ser humano, en su afán de conquista, termina encontrándose a sí mismo. La exploración espacial -esa expresión de nuestra curiosidad y de nuestra capacidad tecnológica- es, paradójicamente, una lección de humildad. Las misiones Apolo lo insinuaron hace más de medio siglo. Las misiones Artemis lo están confirmando con gran claridad.

Cuando los astronautas de Artemis II hablan, no lo hacen solo desde la técnica o la proeza. Hablan desde la fragilidad. Christina Koch, una de sus tripulantes, lo resumió con una frase que debería quedar inscrita en la conciencia contemporánea: “We are one crew”. Es una constatación física y existencial.

Desde la órbita o en la travesía hacia la Luna, la Tierra no es un conjunto de naciones, ni de conflictos, ni de ideologías. Es una nave. Una esfera azul suspendida en la inmensidad de la oscuridad. Los astronautas describen esa oscuridad como absoluta, silenciosa, indiferente. La Luna, por su parte, se revela como un territorio inhóspito, sin atmósfera protectora, sin agua líquida, sin vida. Un recordatorio brutal de que la vida, tal como la conocemos, no parece la regla del universo, sino una excepción delicada.

Las propias condiciones fisiológicas del viaje espacial lo subrayan: pérdida de masa ósea, alteraciones cardiovasculares, cambios en la visión, efectos neurocognitivos. El cuerpo humano, moldeado por millones de años de evolución en este planeta, no pertenece al espacio exterior. Pertenece a la Tierra. Somos, en el sentido más literal, una extensión de su biología.

Otros miembros de la tripulación de Artemis II han insistido en esa misma idea: la necesidad de “proteger nuestro hogar” y de “ver la Tierra como un sistema integrado y finito”. La distancia -ese privilegio de mirar desde afuera- permite comprender lo que desde adentro olvidamos: no hay plan B. No existe una segunda nave lista para recibirnos.

Esta intuición, que la ciencia y la exploración espacial nos devuelven con contundencia, no es nueva. Edgar Morin la formuló hace más de un cuarto de siglo con una lucidez que hoy resulta casi premonitoria. En Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, planteó que uno de los desafíos centrales de la humanidad es construir una conciencia planetaria.

Morin nos advierte que hemos educado generaciones enteras para pensar en fragmentos. El individuo separado de la sociedad, la sociedad separada de la naturaleza, el conocimiento dividido en disciplinas que rara vez dialogan entre sí. Ese pensamiento fragmentado -útil en ciertos contextos- se vuelve profundamente limitado cuando enfrentamos problemas complejos.

El cambio climático, las pandemias, la pérdida de biodiversidad, la crisis de los sistemas de salud; todos ellos son fenómenos interdependientes. No pueden comprenderse ni resolverse desde compartimentos estancos.

La conciencia planetaria, en el sentido de Morin, implica reconocer que compartimos un destino común. Que la humanidad es, simultáneamente, una comunidad de vida y una comunidad de riesgos. Que nuestras acciones locales tienen repercusiones globales, y que las dinámicas globales afectan de manera desigual pero inevitable a cada individuo.

Morin habla de la necesidad de integrar tres niveles de conciencia: la individual, la nacional y la planetaria. Hemos avanzado en las dos primeras. No sin dificultades ni de manera completa. Pero la tercera sigue siendo esquiva. Y sin ella, advierte, corremos el riesgo de tener información sin comprensión, poder sin responsabilidad, desarrollo sin sostenibilidad.

En otro ámbito, aparentemente distante de la filosofía y de la exploración espacial, emerge una voz que ha insistido durante décadas en esta misma dirección. Charles III, hoy rey del Reino Unido, fue durante mucho tiempo objeto de atención mediática por su vida privada. Sin embargo, en paralelo -y casi en silencio- construyó una de las trayectorias más consistentes de liderazgo en temas ambientales.

Desde los años setenta, cuando hablar de sostenibilidad era casi una excentricidad, el entonces príncipe de Gales alertaba sobre los riesgos de la degradación ambiental, la pérdida de armonía entre el ser humano y la naturaleza, y los límites de un modelo de desarrollo basado en la explotación indiscriminada de los recursos.

Su visión no se limitó al discurso. Promovió la agricultura orgánica, impulsó prácticas de arquitectura sostenible, creó iniciativas como el Prince’s Trust y lideró espacios de diálogo global como la Sustainable Markets Initiative. En foros internacionales, ha insistido en que “la naturaleza no es un recurso que podamos explotar sin consecuencias, sino un sistema del cual dependemos y del cual somos parte”.

Lo que durante décadas fue percibido por algunos como una sensibilidad excéntrica, hoy se revela como una comprensión anticipada de la crisis que enfrentamos. El reconocimiento tardío de su visión es, en sí mismo, un síntoma de nuestra dificultad para integrar el conocimiento cuando este desafía los paradigmas dominantes.

Exploradores del espacio, filósofos del pensamiento complejo, líderes que han insistido en la armonía con la naturaleza. Tres trayectorias distintas que convergen en una misma idea: la necesidad de comprender la vida como un sistema integrado.

Eso es, en esencia, lo que hoy denominamos One Health-Una sola salud.

No se trata de un concepto nuevo, pero sí de una urgencia renovada. One Health nos invita a reconocer que la salud humana no puede desligarse de la salud de los animales ni de la salud de los ecosistemas. Es una triada inseparable: salud ambiental, salud humana y salud doméstica y silvestre.

Durante demasiado tiempo hemos abordado estas dimensiones de manera fragmentada. Hemos construido sistemas de salud centrados en la enfermedad humana, mientras degradamos los ecosistemas que sostienen la vida. Hemos avanzado en medicina curativa, pero hemos descuidado los determinantes ambientales y sociales que condicionan la salud. Hemos promovido el bienestar individual, sin comprender que este depende de equilibrios colectivos y planetarios.

La pandemia reciente fue una advertencia contundente. Un virus que emerge en la interfaz entre humanos y animales, en contextos de presión ambiental, puede paralizar al mundo entero. No es un accidente. Es una consecuencia.

One Health no es, por tanto, una opción conceptual. Es una necesidad estratégica. Implica rediseñar políticas públicas, integrar disciplinas, romper silos institucionales. Pero, sobre todo, implica un cambio de conciencia.

Volvamos entonces a la imagen inicial: una tripulación en medio de la oscuridad, consciente de su fragilidad y de su interdependencia. “We are one crew”. No es solo la frase de una astronauta. Es una síntesis de nuestra condición.

Somos la tripulación de una nave extraordinaria: la Tierra. No la construimos, no podemos reemplazarla, no podemos abandonarla. Nuestra supervivencia depende de su equilibrio. Nuestra salud depende de su salud.

Asumir esta realidad exige algo más que conocimiento. Exige responsabilidad. Exige humildad. Exige, en palabras de Morin, una conciencia planetaria que articule lo individual, lo colectivo y lo global. Exige, como lo ha recordado el hoy rey Carlos III durante décadas, reconciliarnos con la naturaleza no como un acto romántico, sino como una condición de supervivencia.

One Health es, en última instancia, una invitación a ese reconocimiento. A comprender que la salud no es un atributo aislado, sino una relación. Que no hay bienestar posible en un planeta enfermo. Que no hay futuro sostenible sin armonía entre el ser humano y su entorno.

En este foro que hoy abrimos, no estamos simplemente discutiendo un enfoque técnico. Estamos explorando una manera distinta de entender nuestra presencia en el mundo. Una manera que, quizá, nos permita estar a la altura de los desafíos de nuestro tiempo.

Porque, al final, la pregunta no es si podemos seguir avanzando. La pregunta es si podemos hacerlo sin olvidar que avanzamos juntos, en la misma nave, hacia nuestro destino común.