Editorial: ¿Prevenir es vivir mejor o gastar menos?

Febrero 27 de 2026

Augusto Galán Sarmiento. MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

En medio del debate electoral colombiano vuelve a aparecer una afirmación seductora: si fortalecemos la prevención en salud, el gasto del sistema disminuirá de manera sustancial. Durante los últimos 4 años, éste ha sido un discurso reiterado del presidente de la República y de sus seguidores en el Congreso para justificar la reforma a la salud. La frase tiene fuerza política y atractivo fiscal. Pero la evidencia científica disponible invita a una reflexión más sobria y rigurosa.

Prevenir es indispensable. Salva vidas. Reduce sufrimiento. Mejora calidad de vida. Eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión -y debe estarlo con honestidad intelectual- es si la prevención, por sí misma, abarata el gasto total en salud.

Un artículo clásico del New England Journal of Medicine, titulado ¿Does Preventive Care Save Money? (Cohen, Neumann y Weinstein, 2008), analizó más de 1.500 evaluaciones de costo-efectividad publicadas entre 2000 y 2005 (es decir, intervenciones que generan salud a un costo razonable). La conclusión fue clara: algunas intervenciones preventivas ahorran dinero, pero la gran mayoría no lo hacen.

El análisis mostró que la distribución de las razones costo-efectividad de las intervenciones preventivas es muy similar a la de los tratamientos para enfermedades ya establecidas. En otras palabras, prevención y tratamiento ofrecen oportunidades comparables de buena inversión en salud; no existe una superioridad estructural de la prevención en términos de ahorro fiscal.

Los autores fueron contundentes: las generalizaciones amplias sobre el potencial de ahorro de la prevención son engañosas. El impacto depende de la intervención específica, del grupo poblacional, del riesgo individual y de la frecuencia con que se aplique. Tamizar indiscriminadamente a poblaciones de bajo riesgo puede costar más de lo que ahorra. En cambio, focalizar en poblaciones de alto riesgo puede generar alto valor sanitario, aunque no necesariamente ahorro neto.

Un segundo estudio, publicado en PLoS Medicine bajo el título Lifetime Medical Costs of Obesity: Prevention no cure for increasing health expenditure (van Baal et al., 2008), profundiza aún más en esta discusión. Mediante un modelo dinámico de cohortes, los autores estimaron los costos anuales y de por vida asociados a obesidad, tabaquismo y estilos de vida saludables.

El hallazgo es provocador; las personas con estilos de vida saludables viven más y, por tanto, acumulan mayores costos sanitarios a lo largo de su vida que las personas obesas o fumadoras.

¿Por qué? Porque, aunque la prevención reduce la incidencia de enfermedades asociadas al factor de riesgo (diabetes, cardiopatía, EPOC), los años de vida ganados no se viven en salud perfecta. En esos años adicionales aparecen otras enfermedades, muchas de ellas crónicas y costosas. El resultado es una “sustitución” de enfermedades; se reducen algunas, pero emergen otras. El gasto no desaparece; se transforma y se desplaza en el tiempo.

En otro artículo reciente de abril de 2025 por la revista científica JAMA titulado ¿Can prevention save money? de Baicker y Chandra se deduce que la prevención vale por lo que es; una apuesta ética por la vida saludable, una estrategia racional para reducir enfermedad evitable, una inversión social que puede ser costo-efectiva y, en algunos casos específicos, incluso ahorradora. Pero el ahorro no es la regla general. Es la excepción.

Así, la literatura internacional muestra que solo una fracción de intervenciones preventivas son realmente ahorradoras; muchas son costo-efectivas, y otras pueden ser incluso ineficientes si se aplican sin focalización ni criterio técnico.  Esta distinción es esencial en el debate colombiano. Si se presenta la prevención como el mecanismo que resolverá estructuralmente la presión financiera del sistema, se corre el riesgo de construir una narrativa fiscalmente optimista y técnicamente frágil; y cuando las cifras no respondan a la promesa, la frustración social será mayor.

Por eso, la pregunta correcta no es si la prevención reduce el gasto total. La pregunta correcta es: ¿qué intervenciones preventivas generan mayor valor sanitario por peso invertido? ¿en qué poblaciones? ¿con qué intensidad? ¿con qué horizonte temporal?

Un sistema de salud responsable no se construye sobre eslóganes. Se construye sobre análisis cuidadoso de costos y beneficios, identificación de intervenciones de alto valor y eliminación de aquellas de bajo valor. Esa es la verdadera reforma estructural: reasignar recursos hacia lo que produce más salud por cada peso invertido, sea prevención o tratamiento.

Por eso, en tiempos de recursos crecientemente escasos, la vía realista para mejorar resultados sanitarios no es proclamar que la prevención ahorrará miles de millones. Es hacer el trabajo técnico de identificar oportunidades basadas en evidencia para una entrega más eficiente del cuidado -ya sea preventivo o terapéutico- y alinear incentivos institucionales hacia esas intervenciones de mayor valor.

Confundir bienestar con ahorro puede ser políticamente atractivo. Diferenciar costo-efectividad de ahorro es intelectualmente honesto.