Editorial: La salud y el país que viene

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA
Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud
Por primera vez la salud dejó de ser un capítulo marginal en las campañas presidenciales. Se ha convertido en uno de los ejes centrales de la discusión pública. Ya no es una lista de promesas sobre hospitales, medicamentos o citas médicas. Hoy la salud ocupa un lugar protagónico. Su discusión implica debatir el modelo de sociedad, la capacidad institucional del Estado y la sostenibilidad misma de uno de los mayores logros sociales del país.
Ya advertíamos hace unas semanas que la salud había terminado por tocar “el alma de la nación”. No era una exageración. Por primera vez los candidatos presidenciales se han visto obligados a formular posiciones relativamente específicas sobre aseguramiento, financiación, atención primaria, participación privada, sostenibilidad fiscal, medicamentos, salud pública y gobernanza del sistema. Algunos lo han hecho con mayor rigor y solvencia técnica; otros con aproximaciones más generales o ideológicas. Pero el simple hecho de que el país esté discutiendo estos temas ya representa un cambio histórico.
Paradójicamente, dos de los candidatos con mayores probabilidades de disputar la segunda vuelta han evitado afrontar de manera profunda y sistemática la discusión pública sobre salud. Han preferido aproximaciones más pacatas, seguramente porque cualquier definición concreta genera costos políticos inmediatos. La salud tiene hoy una complejidad tal que las respuestas simples resultan peligrosas y las respuestas honestas suelen ser incómodas.
Aun así, puede hacerse una lectura general de las propuestas que han circulado durante esta campaña. En términos amplios, existe un reconocimiento relativamente compartido sobre varios puntos: la necesidad de estabilizar financieramente el sistema, el saneamiento de cartera, la modernización del aseguramiento, la recuperación de la capacidad de atención, el fortalecimiento de la atención primaria y la salud pública, la dignificación de la labor del talento humano en salud, la mejora de la gestión territorial, la modernización de los sistemas de información, la gobernanza basada en datos y la recuperación de la confianza entre los actores.
También parece existir un consenso creciente en que el sistema no puede soportar indefinidamente una crisis estructural de flujo de recursos. Incluso sectores tradicionalmente enfrentados han terminado admitiendo que la sostenibilidad financiera dejó de ser un asunto ideológico para convertirse en una condición esencial de supervivencia institucional. Antes de cualquier nueva reforma estructural, el país necesita estabilizar el sistema y detener el sufrimiento evitable de los pacientes.
Las diferencias aparecen en el cómo.
Un candidato plantea mayor centralización estatal y una reducción progresiva del papel de los privados. Otros proponen preservar el modelo de aseguramiento, pero corrigiendo sus fallas regulatorias y fortaleciendo los mecanismos de supervisión y gestión del riesgo. Algunos enfatizan la salud preventiva y comunitaria como eje ordenador; otros insisten en la necesidad de fortalecer simultáneamente redes hospitalarias, talento humano y capacidades tecnológicas.
En varios programas aparece además un lenguaje nuevo. Interoperabilidad, analítica de datos, gestión integral del riesgo, envejecimiento poblacional, salud mental, sostenibilidad actuarial, compras basadas en valor y modernización de la UPC. Son discusiones que hace apenas unos años parecían confinadas a círculos técnicos y que hoy han ingresado al debate electoral nacional.
Sin embargo, persisten enormes interrogantes.
¿Cómo financiarían realmente las propuestas más ambiciosas? ¿Qué capacidad política tendría el próximo gobierno para construir consensos legislativos? ¿Cómo se resolvería el déficit acumulado del sistema? ¿Qué ocurrirá con las EPS intervenidas? ¿Hasta dónde llegará la participación privada? ¿Cómo se evitará que la crisis siga deteriorando la prestación mientras continúan las discusiones estructurales?
Gobernar la salud exige algo más que consignas o intuiciones. Requiere capacidad técnica, conocimiento institucional, gradualidad, coordinación territorial y comprensión profunda de las complejidades financieras, epidemiológicas y operativas del sistema. Los sistemas de salud no se reconstruyen cada cuatro años ni pueden convertirse en botín de confrontaciones ideológicas permanentes.
Más allá del resultado electoral la salud difícilmente abandonará el centro de la discusión nacional. El debate permanecerá abierto porque las tensiones de fondo seguirán allí. Como ya lo dijimos, el país terminó descubriendo que la discusión sobre salud es también una discusión sobre el Estado, la solidaridad, la equidad, la responsabilidad fiscal y la confianza institucional.
A pesar de las consignas políticas, el desafío seguirá siendo el mismo: cumplirle a la población nuestra responsabilidad ética, constitucional y técnica. Hacer compatible el derecho a la salud con la sostenibilidad del sistema. Organizar un modelo que proteja a las personas sin empobrecer a la sociedad. Tomar decisiones apoyadas en evidencia, datos y resultados, no únicamente en emociones, intereses o pulsos ideológicos.
Porque detrás de cada cambio, de cada cifra y de cada debate político, permanecen millones de personas a la espera de algo mucho más sencillo y mucho más humano: ser atendidas a tiempo, con dignidad y con esperanza.






