Editorial: Ginebra y el espejo roto de la salud colombiana

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA
Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud
En Ginebra trabajó durante esta semana, desde el 18 de mayo la 79ª Asamblea Mundial de la Salud, para discutir cómo reorganizar la gobernanza global de la salud en medio de pandemias, envejecimiento, inteligencia artificial, crisis fiscales y fragmentación geopolítica. Debates profundamente estratégicos sobre el futuro. Representantes de 194 países intentan responder preguntas de envergadura.
Después del COVID-19, la salud dejó de ser únicamente un asunto sectorial. Se convirtió en un tema de seguridad global, estabilidad económica, legitimidad institucional y sostenibilidad social.
El primer gran debate gira alrededor del acuerdo pandémico internacional. La pandemia dejó al descubierto tanto la capacidad de la ciencia como la fragilidad de la política. El mundo produjo vacunas en tiempo récord, pero fue incapaz de distribuirlas con equidad. La cooperación internacional convivió con el nacionalismo sanitario. Los discursos multilaterales coexistieron con el acaparamiento.
Hoy se intenta construir reglas comunes para futuras emergencias. Intercambio de información epidemiológica, acceso equitativo a tecnologías, fortalecimiento de capacidades nacionales y mecanismos de coordinación global. Lo que está en juego es si el mundo aprendió institucionalmente algo de la pandemia o si simplemente regresó a la lógica de “sálvese quien pueda”.
El segundo gran eje es la reforma de la arquitectura global de salud. La OMS enfrenta una paradoja compleja. El mundo necesita más coordinación sanitaria global, pero al mismo tiempo las instituciones multilaterales atraviesan una profunda crisis de legitimidad, financiamiento y gobernanza.
La OMS continúa siendo indispensable, pero cada vez dispone de menos margen político y financiero. Su dependencia de contribuciones voluntarias limita su autonomía. Nuevos actores -fundaciones filantrópicas, alianzas verticales, bancos multilaterales y grandes corporaciones tecnológicas- ocupan espacios crecientes de influencia. ¿Seguirá existiendo una gobernanza sanitaria global relativamente coordinada o avanzaremos hacia un sistema fragmentado, condicionado por intereses geopolíticos y económicos dispersos?
El tercer tema central es la inteligencia artificial y la salud digital. Uno de los cambios más disruptivos, también en la medicina contemporánea. La inteligencia artificial ya participa en imágenes diagnósticas, apoyo clínico, predicción de riesgos, análisis poblacional y gestión hospitalaria. Pero emergen preguntas; ¿quién regula los algoritmos?, ¿quién controla los datos?, ¿cómo evitar nuevas inequidades?, ¿qué ocurre cuando la lógica tecnológica se impone sobre la deliberación ética y clínica?
El cuarto eje es la resistencia antimicrobiana. Una amenaza silenciosa, menos visible que las pandemias, pero potencialmente devastadora. El uso excesivo e inadecuado de antibióticos erosiona una de las bases fundamentales de la medicina moderna. Cirugías, trasplantes, quimioterapia, cuidado intensivo y múltiples procedimientos dependen de la eficacia antimicrobiana. Sin ella, la medicina retrocede décadas.
Por eso la Asamblea discute vigilancia global, regulación del uso de antibióticos, incentivos para innovación farmacéutica y fortalecimiento de capacidades de producción. El tema ya no pertenece exclusivamente a infectólogos o epidemiólogos. Se convirtió en un asunto económico, estratégico y de seguridad internacional.
Y el quinto gran debate, muy importante para muchos países, es el de la sostenibilidad de los sistemas de salud. El mundo envejece. Las enfermedades crónicas aumentan. La tecnología médica se expande. El gasto farmacéutico crece aceleradamente. Las restricciones fiscales se profundizan.
La gran discusión global ya no es solamente cómo ampliar cobertura. Ahora la pregunta es cómo sostener sistemas viables financiera, técnica y socialmente. La conversación se desplaza hacia productividad sanitaria, gestión integral del riesgo, prevención, eficiencia, priorización explícita y resiliencia institucional. El debate global dejó de ser ideológico y se volvió profundamente pragmático.
Y quizá allí aparece el contraste más doloroso para Colombia.
Mientras el mundo intenta fortalecer instituciones sanitarias, aquí se destruyen. Mientras otros países discuten gobernanza, aquí se reemplaza la deliberación técnica por la confrontación política. Mientras la comunidad internacional busca sostenibilidad y estabilidad, aquí se desmontan capacidades acumuladas durante décadas sin tener claridad sobre qué las reemplazará.
La salud, que debería ser uno de los grandes espacios de construcción colectiva de una nación, terminó convertida en un escenario de polarización electoral. Esta puede ser una de las mayores tragedias del momento colombiano.
Porque el sistema de salud tenía problemas reales, profundos y acumulados. Requería cambios importantes, ajustes financieros, fortalecimiento de la atención primaria, mejor regulación, reducción de inequidades y mayor transparencia. Nadie serio lo negaba. Pero una cosa es reformar un sistema. Otra muy distinta es erosionar su legitimidad para convertirlo en instrumento de movilización política.
En Ginebra el mundo debate cómo preservar instituciones sanitarias capaces de resistir crisis futuras. Aquí pareciera haberse optado por algo distinto: convertir la salud en un símbolo ideológico, simplificar un debate extraordinariamente complejo y utilizar el miedo, la indignación y el deterioro del sistema como combustible electoral. Mientras el mundo discute cómo evitar nuevas pandemias, cómo financiar sistemas sostenibles y cómo gobernar la inteligencia artificial en salud, nosotros seguimos atrapados en una discusión binaria, emocional y destructiva.
Quizá la ironía final sea esa: en momentos en que la salud avanza globalmente en un asunto de inteligencia estratégica y construcción institucional, Colombia decidió reducirla a un eslogan de campaña.






