Editorial: ¡Basta ya!

Augusto Galán Sarmiento. MD. MPA
Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud
La muerte de Kevin Arley Acosta Pico no puede ser una cifra más en el tablero frío de los indicadores. Es el nombre propio de un niño que de acuerdo con su familia llevaba meses esperando un medicamento que recibía antes con regularidad. Con su condición médica, ese fármaco no era una opción: era su vida. El accidente que tuvo no explica por sí solo la tragedia. Lo que agrava el hecho de su fallecimiento -y lo vuelve intolerable- es que su EPS (la Nueva EPS controlada por el gobierno nacional), le falló antes.
El presidente de la República y su ministro de Salud han contestado con indolencia, pero también con cinismo. Han revictimizado al niño y a su familia y, además, uno de ellos, ha incurrido en un acto violatorio de la ley y el otro, parece haber olvidado las bases mínimas de la ética médica. Sus palabras han caído como una segunda herida, pero también como una lesión en el sentimiento nacional. Es indigno que se proceda con tanta displicencia ante el dolor humano y la tragedia de una familia y una madre.
Han sido incapaces de reconocer, con humildad y rigor, que la profilaxis oportuna reduce de manera drástica el riesgo de hemorragias graves en la condición severa de hemofilia, y en una estrategia de comunicación errada, han buscado desplazar el mensaje público hacia la bicicleta, la madre y una eventual cirugía. La Liga Colombiana de Hemofílicos ha sido clara: un niño con tratamiento adecuado puede y debe tener una vida lo más normal posible. La medicina moderna no condena a la inmovilidad a quienes enfrentan esta condición. Todo lo contrario, protege para que la actividad física y el juego sean todo, menos una limitante en sus vidas.
La Nueva EPS, hoy con mayoría accionaria gubernamental, no puede esconderse en la burocracia. La intervención pública implica responsabilidad pública. Gobernar es responder; y responder no es pedir una investigación mientras se sugiere, de manera implícita, que la responsabilidad recae en la familia.
La indignación social -en redes, en medios, en voces de todos los matices- no nace de una polarización política. Nace de una intuición moral básica. Culpar a una madre en duelo es impropio. Hacerlo cuando el gobierno que presiden tiene la obligación de garantizar un tratamiento es, además, ruin. El dolor no admite retóricas defensivas y mucho menos evasivas.
Pero el país no puede quedarse en la rabia. La ira y la frustración, si no se orientan, se vuelven ruido. Desafortunadamente Kevin no es el único caso, tampoco es la excepción, pero sí es un símbolo.
Kevin le dice a esta sociedad, ¡no más! ¡basta ya!
Porque Kevin representa a miles de pacientes que han fallecido como consecuencia de un gobierno Nacional que decidió evadir el cumplimiento de las órdenes de la Corte Constitucional al ministerio de Salud, para que financiara adecuadamente el sistema de salud.
Encarna pacientes que han dejado familias desgarradas, mujeres viudas y niños huérfanos porque ese mismo gobierno ha insistido en su propósito de imponer una reforma a la salud sustentada en la ideología, que no genera las soluciones a los retos estructurales que el sistema de salud enfrenta.
Simboliza a pacientes que han preferido apelar a la muerte digna mediante la eutanasia, porque su sufrimiento se les tornó insoportable al no encontrar financiación para su tratamiento, mientras el gobierno Nacional no escucha y mucho menos atiende el clamor de la Corte Constitucional, de la Procuraduría, de la Contraloría, de la Defensoría del Pueblo, de la sociedad civil, de exfuncionarios, de la academia, de centros de pensamiento. Clamor que ha evidenciado la crisis humanitaria que ha crecido día a día durante estos tres años y medio, y que ha propuesto soluciones sustentadas en la evidencia, en las leyes y en la Constitución.
Kevin no murió por una bicicleta. Murió durante un gobierno que ha omitido su responsabilidad y debe admitirlo, pero también transformarse. La salud pública no puede administrarse con desdén ni con retórica defensiva. Se administra con rigor, compasión y responsabilidad.
En un editorial pasado sobre narcisismo maligno y poder, nos preguntábamos por qué las sociedades continúan escogiendo a personajes con rasgos despóticos y autoritarios. En el libro que referenciábamos entonces de Charles Zeiders y colaboradores, se sugiere “que la respuesta no está en líderes “buenos” que sustituyan a los “malos”, sino en instituciones fuertes y ciudadanía crítica. Democracias con contrapesos reales, prensa libre y protegida, justicia independiente, partidos con deliberación interna y una cultura política que valore la complejidad por encima de las consignas”.
Durante los próximos meses los colombianos tendremos la oportunidad de ejercer nuestro derecho a la democracia y a reorientar nuestro país. La Organización Mundial de la Salud, reconoce la vida en libertad y democracia como uno de los determinantes sociales y estructurales de una vida sana.






