Editorial: Reconciliarnos para construir juntos

Marzo 12 de 2026

Augusto Galán Sarmiento. MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

Colombia necesita reconciliarse. No es una consigna retórica ni un llamado ingenuo al entendimiento. Es una necesidad histórica. Después de décadas de conflicto, de polarización y de profundas desigualdades, el país requiere algo más que acuerdos políticos o reformas institucionales: necesita aprender a respetarse a sí mismo.

Respetarse significa, ante todo, reconocernos en nuestra diversidad. Colombia es una nación plural en sus culturas, en sus regiones, en sus formas de ver el mundo. Esa pluralidad no es una debilidad; es una de nuestras mayores riquezas. Pero solo puede convertirse en fortaleza cuando somos capaces de mirarnos con respeto, de escucharnos sin descalificaciones y de construir colectivamente a partir de nuestras diferencias.

Hace más de una década, en un foro sobre sociedad civil y posconflicto, señalé que el país debía avanzar hacia una conciencia colectiva que nos congregara y nos identificara como sociedad. Esa reflexión sigue siendo vigente. Tal vez hoy lo sea aún más. Porque la reconciliación no se decreta; se construye. Y se construye a partir del reconocimiento mutuo y de la convicción de que, aun siendo distintos, podemos caminar hacia un propósito común

En los últimos días el país ha sido testigo de un debate público alrededor de la conformación de una coalición política. En ese proceso han surgido diferencias de visiones sobre el camino que debe seguir Colombia para alcanzar la paz y superar sus fracturas. En este caso, esas diferencias se han expresado con respeto, con franqueza y con argumentos sustentados en principios y valores.

Ese es el tipo de debate que necesita la democracia. No la unanimidad artificial ni el silenciamiento de las discrepancias, sino la deliberación abierta entre visiones distintas que comparten un propósito superior. Cuando las diferencias se exponen con honestidad intelectual y con respeto por el otro, dejan de ser un obstáculo y se convierten en un punto de partida para construir acuerdos.

Algo semejante debería ocurrir en el sector salud.

Durante más de tres décadas, el sistema de salud colombiano ha sido una construcción colectiva. Ha tenido avances importantes, también errores y desafíos persistentes. Pero ha sido, en esencia, el resultado de la convergencia de múltiples actores: pacientes, profesionales de la salud, aseguradores, prestadores, académicos, autoridades estatales y organizaciones de la sociedad civil.

En los últimos cuatro años, sin embargo, hemos vivido una etapa marcada por la confrontación y la desconfianza. Las discusiones sobre el futuro del sistema se han desarrollado en medio de tensiones innecesarias, de descalificaciones y de decisiones adoptadas sin los procesos de diálogo y concertación que un asunto de esta magnitud exige.

Hemos perdido un tiempo valioso.

Muchas de las discusiones que hoy dividen al sector pudieron haberse tramitado de otra manera; mediante el debate técnico, el intercambio de argumentos, la búsqueda de consensos y la construcción gradual de acuerdos. Esa ha sido, históricamente, la forma en que las reformas duraderas se consolidan en las sociedades democráticas.

El sistema de salud colombiano no necesita vencedores ni derrotados. Necesita reconciliación.

Todos los actores del sector comparten, en esencia, un propósito común: garantizar el derecho a la salud de los colombianos. Ese propósito está respaldado por principios constitucionales claros -equidad, universalidad, solidaridad, eficiencia- que deben servir como guía para cualquier transformación.

Reconocernos en ese propósito común es el primer paso.

El segundo es aceptar que existen diferencias legítimas sobre cómo evolucionar el sistema. Algunos enfatizan el fortalecimiento de la atención primaria; otros la sostenibilidad financiera; otros la integración de los servicios; otros la necesidad de mejorar la gobernanza y la transparencia. Todas esas preocupaciones son válidas y, lejos de excluirse, pueden complementarse.

La evolución del sistema de salud no debería surgir de la imposición de una visión sobre las demás, sino de la capacidad de integrar esas miradas en una construcción colectiva.

Colombia tiene las condiciones para hacerlo. Tiene talento humano altamente calificado, instituciones con experiencia acumulada y una sociedad civil cada vez más consciente de sus derechos. Tiene, además, una enorme riqueza humana que se expresa en la vocación de servicio de miles de profesionales que cada día sostienen el sistema en medio de las dificultades.

Pero esa riqueza solo podrá desplegarse plenamente si logramos recuperar el espíritu de diálogo y de cooperación que permitió construir los avances alcanzados.

Reconciliar al sector salud no significa ignorar los problemas ni renunciar a las reformas necesarias. Significa asumirlas con una actitud distinta. Con apertura al diálogo, con respeto por las diferencias y con la voluntad sincera de encontrar puntos de encuentro.

El país necesita esa misma actitud en muchos otros ámbitos de la vida pública.

Porque al final, la verdadera fortaleza de una Nación no radica en la ausencia de diferencias, sino en su capacidad de convertirlas en un proyecto común.

Colombia puede ser distinta y, al mismo tiempo, unida.

Ese es el desafío. Y también la esperanza.