Narcisismo maligno y poder

Narcisismo maligno y poder
Cuando la patología se disfraza de liderazgo
Augusto Galán Sarmiento. MD. MPA
Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud
El libro Malignant Narcissism and Power de Charles Zeiders and Peter Devlin, pertenece a una escritura incómoda pero necesaria que nos obliga a mirar el poder no solo desde la ciencia política o la economía, sino desde la psicología profunda, donde se incuban las motivaciones, los miedos y las pulsiones que, una vez amplificadas por el mando, pueden volverse socialmente devastadoras.
El eje central del libro es claro y perturbador. Existen formas de liderazgo en las que el narcisismo deja de ser un rasgo de personalidad -frecuente, incluso funcional en ciertos contextos- y se transforma en una patología del poder. El narcisismo maligno no es simplemente vanidad, ego o autorreferencia excesiva. Es una configuración extrema en la que convergen cuatro elementos: grandiosidad narcisista, conductas antisociales, sadismo moralmente justificado y paranoia. Cuando estos rasgos se articulan en quien detenta poder político, religioso, empresarial o mediático, el resultado no es solo un mal dirigente, sino un factor de riesgo para la democracia y las instituciones.
La grandiosidad se expresa como una convicción íntima de excepcionalidad: el líder se concibe a sí mismo como elegido, imprescindible, históricamente necesario. Desde allí deriva una incapacidad estructural para reconocer errores, aceptar límites o someterse a controles. Las reglas dejan de ser un marco común y se convierten en obstáculos personales. A esto se suman rasgos antisociales; el desprecio por las normas, el uso instrumental de las personas, la facilidad para mentir, manipular o transgredir si ello preserva el poder o la imagen.
Pero el rasgo más inquietante es el sadismo egosintónico. El daño infligido a otros no solo lo tolera, sino que lo justifica moralmente. El enemigo -real o imaginario- merece ser humillado, excluido, destruido. Y aquí aparece el cuarto componente, la paranoia. El mundo se divide entre leales y traidores, patriotas y enemigos, pueblo puro y conspiradores. Toda crítica se vive como persecución; toda discrepancia, como amenaza existencial.
El libro es igualmente cuidadoso al explicar que estos liderazgos no surgen en el vacío. Detrás del narcisismo maligno suele haber trayectorias tempranas marcadas por trauma, negligencia emocional, humillación o vínculos parentales profundamente disfuncionales. La grandiosidad opera entonces como una defensa; una coraza inflada para ocultar vergüenzas antiguas, fragilidades no elaboradas y un yo profundamente inseguro. El poder no crea la patología, pero sí la desinhibe y la amplifica.
Sin embargo, la pregunta decisiva no es solo por el líder, sino por la sociedad que lo legitima. ¿Por qué tantos líderes con estos rasgos logran llegar al poder en el mundo contemporáneo? La respuesta es inquietantemente colectiva. Las crisis económicas, culturales y políticas erosionan la confianza en las instituciones y generan ansiedad social. En ese contexto, la figura que promete certezas simples, enemigos precisos y soluciones inmediatas resulta emocionalmente seductora. El narcisista maligno ofrece identidad, pertenencia y sentido, justo cuando más escasean.
Las democracias debilitadas, con contrapesos frágiles y deliberación empobrecida, se vuelven terreno fértil para estos liderazgos. Las redes sociales, al eliminar mediaciones y premiar la polarización, potencian la lógica amigo-enemigo. El carisma sustituye al programa; la lealtad personal reemplaza el debate público.
Colombia no es ajena a estas dinámicas. Nuestra historia reciente ofrece señales claras de alerta. La personalización extrema del poder, la deslegitimación sistemática de las instituciones de control, la estigmatización del contradictor, la narrativa permanente de persecución, la división moral del país. No se trata de señalar nombres -ejercicio estéril y reduccionista- sino de reconocer patrones. La democracia no se erosiona de un día para otro; se desgasta lentamente cuando normaliza estos comportamientos.
En este punto, el vínculo con el asesinato de reputación, tema que hemos abordado en otros escritos, resulta inevitable. El narcisismo maligno necesita destruir reputaciones para sobrevivir. El descrédito sistemático del adversario, del periodista, del juez, del académico o del líder social no es un exceso retórico; es una estrategia de poder. Al aniquilar simbólicamente al otro, el líder elimina controles, siembra miedo y consolida obediencias.
¿Cómo evitar que estos liderazgos prosperen? El libro sugiere que la respuesta no está en líderes “buenos” que sustituyan a los “malos”, sino en instituciones fuertes y ciudadanía crítica. Democracias con contrapesos reales, prensa libre y protegida, justicia independiente, partidos con deliberación interna y una cultura política que valore la complejidad por encima de las consignas.
Fortalecer la democracia implica también fortalecer la ética del disenso, la protección de la reputación, la defensa de la verdad verificable y el rechazo activo a la deshumanización del otro. Implica educar para reconocer las señales tempranas del autoritarismo emocional, incluso cuando viene envuelto en discursos redentores.
Porque, como recuerda este libro con crudeza, el problema no es solo quién llega al poder, sino qué estamos dispuestos a tolerar como sociedad. Y esa es, quizá, la discusión más urgente de nuestro tiempo.






